RAFAEL HERNANDEZ – Se asume, y
hasta se da por seguro, que la política norteamericana hacia Cuba se
dicta en Miami, por exiliados cubanos que preferirían morir antes de
permitir que Washington negociara con la isla. Esta interpretación
atribuye a un condado de Florida la causa de un conflicto que ha durado
más de medio siglo. Ese factor existe, pero la explicación real resulta
más compleja.
Desde el fin de la Guerra fría, Cuba ha perdido perfil en el radar
estratégico de EEUU. Ya no tiene la significación de hace más de un
cuarto de siglo, cuando desplegaba 50 mil soldados en Angola y mantenía
una alianza con la URSS.
Lo más probable es que el presidente Obama le dedique a Cuba solo
escasos minutos, en comparación con las horas que debe ocupar con Irak,
Irán, Afganistán, Siria, la RPDC, Pakistán, China, Rusia, Venezuela,
Ucrania, etc. Al mismo tiempo, sin embargo, la mayorisla del Caribe se
posiciona ya dentro del hub marítimo que emergerá de la ampliación del
canal de Panamá. Y si se observa un mapa, se verá que los puertos más
cercanos al Mariel no son Veracruz o Maracaibo, sino Mobile, New
Orleans, Houston.
En este nuevo contexto, una corriente que parece más favorable al
cambio ha estado emergiendo en la actitud norteamericana hacia Cuba. En
noviembre, el presidente Obama afirmó, ante el lobby cubano-americano,
que la estrategia de EEUU debería mantenerse abierta a los cambios en la
isla, y reconoció que la idea de que “las mismas políticas aplicadas en
1961 iban a seguir siendo efectivas hoy, en la era de Internet y Google
y los viajes globales, no tiene sentido”. Un mes después, le estaba
dando la mano al presidente cubano Raúl Castro, durante las honras
fúnebres de Nelson Mandela.
Si estas señales condujeran a un cambio real, ¿qué intereses
políticos y geoestratégicos de EEUU podrían satisfacerse con un
acercamiento a Cuba?
Económicamente, el embargo no favorece a nadie. Levantarlo, o ir
flexibilizándolo, beneficiaría a estados y empresarios agrícolas,
turísticos, biomédicos, transportistas marítimos, farmacéuticos,
petroleros, puertos en el Golfo; e incluso liberaría al empresariado
cubanoamericano, rehén de la política establecida, para ocupar su lugar
enlas relaciones económicas bilaterales.
En materia de seguridad, el diálogo permitiría tratados de
cooperación sobre intercepción del narcotráfico, seguridad aeronaval,
coordinación entre militares, prevención y defensa civil ante huracanes,
problemas de salud pública, especies migratorias y otros intereses
ambientales compartidos.
Si a EEUU le interesa influir en el contexto interno de la isla, el
embargo es contraproducente. Sin interacción entre instituciones de EEUU
y la isla, no hay influencia posible. Trancar la puerta de entrada y al
mismo tiempo pretender abrir ventanas de comunicación son políticas
excluyentes.
Diálogo y diplomacia discreta, lo que los canadienses llaman
“compromiso constructivo”, ha funcionado mejor para esta relación
influyente que presiones externas. El Vaticano y la Unión Europea, por
encima de toda sospecha de simpatía con el gobierno cubano, lo saben
bien.
Argumentar que ese compromiso constructivo discreto no ha conllevado
la transformación del sistema político cubano entiende mal no solo a
Cuba, sino también a China y Vietnam. En estos dos últimos casos, el
tema “derechos humanos” ha sido parte de su diálogo bilateral con EEUU
durante más de 20 años. No obstante, si su política interna y su
legislación han dado pasos en este campo, estos han respondido más a su
propia dinámica interna que a presiones externas.
No ha existido nunca un contexto latinoamericano –regional y cubano–
más favorable a la normalización de relaciones bilaterales; ni una
opinión pública norteamericana más de acuerdo, incluyendo a Florida,
según muestran las encuestas recientes.
En su segundo mandato, Obama puede mostrar pasos audaces dirigidos a
superar antiguos conflictos y negociar con países mucho más intratables
para EEUU que Cuba –Myanmar, Irán, Siria–. Ninguno de esos conflictos es
menos complicado en seguridad y política internacional que el de Cuba.
Ninguno ha exigido una solución durante un tiempo más prolongado.
La foto del apretón de manos entre Obama y Raúl en Johannesburgo tuvo
un efecto demostrativo, que levantó una expectativa descomunal. Este
gesto, con su carácter simbólico, recibió un amplio apoyo en los medios y
la opinión pública internacional. El gobierno norteamericano ya sabe
qué repercusiones podría tener si, un buen día, le tomara la palabra a
la pegajosa tonada del grupo Interactivo, y decidiera finalmente venir a
La Habana.
*El título original era “Venir a La Habana”. N. del A.
**El autor es politólogo, director de la revista cubana Temas.
Coautor de Debating U.S.-Cuban Relations. Shall We Play Ball? (2011).
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