Por: David Brooks| La Jornada
Caminando por Washington Square se
escucha un conjunto de jazz extraordinario y otro que, sin pena ni la
decencia de callar ante maestros, produce un sonido mediocre. Un
percusionista busca ritmos con cubetas, ollas y latas, mientras otro
grupo practica yoga. Danzantes ensayan algo que copiaron de un video de
música comercial mientras, a unos pasos, un joven con una guitarra canta
dulcemente rodeado por cinco jovencitas frente a la estatua de
Garibaldi. Del otro lado de la plaza, cinco mujeres en bikini simulan
que el pasto es arena de playa y absorben color del sol. Ya casi en la
esquina un afroestadunidense mayor, con un ejemplar viejo de Ulises, de
James Joyce, invita a jugar ajedrez (cobra). Otro joven deambula,
susurrando “smoke, smoke”, buscando clientes que deseen mariguana:
paraíso urbano pacífico en medio de un mundo en llamas.
Durante esa tarde noticias incesantes
llueven por televisión, radio y el universo digital informando del avión
derribado, de sangre de niños, mujeres y hombres en Gaza, Irak y Siria,
de niños huyendo de la violencia para ser recibidos en la frontera
estadunidense por políticos que dicen que los regresarán a sus
infiernos. A la vez, se reporta que los ricos –ese uno por ciento– se
hacen aún más ricos gozando de impunidad por sus magnos fraudes y
engaños, mientras las guerras y negocios mortales para el planeta siguen
rindiendo ganancias espectaculares, mientras las autoridades de Detroit
suspenden el servicio de agua a habitantes que no tienen suficiente
dinero para pagar sus cuentas en esa ciudad devastada por el libre
mercado.
Nadie aquí puede decir que no sabe, que
no está enterado, que no le llegó la noticia; todos están enchufados a
lo que algunos celebran como uno de los grandes saltos tecnológicos en
la historia: el mundo digital. No hay pretexto, y casi nadie se puede
esconder de la torrente informática.
Mayorías dicen que se oponen a más
aventuras bélicas, que desaprueban el manejo del gobierno del asunto
migratorio y las políticas económicas, que las guerras de los últimos 10
años no valieron la pena, etcétera. La tasa de aprobación del Congreso
es la más baja de todos los tiempos, la mayoría desaprueba la gestión
del presidente. La mayoría cree que sus hijos no tendrán mejores
condiciones económicas que ellos (o sea, declaran el fin del sueño
americano). Mientras tanto, todos han sido informados de que el nivel de
desigualdad económica ha llegado al que existía antes de la gran
depresión.
La semana pasada los medios informaron
que cuatro niños que jugaban en la playa en Gaza perdieron la vida por
fuego israelí, cifras agregadas a los cientos de muertos, entre ellos
casi 40 niños, durante el actual asalto militar. También reportaron que
después de todas estas noticias el presidente Barack Obama se comunicó
con su homólogo israelí para reiterarle el apoyo estadunidense al
“derecho de Israel a la autodefensa”. Los más de 3 mil millones de
dólares en asistencia militar estadunidense cada año –que hacen de
Israel el mayor receptor de apoyo estadunidense en el mundo– lo
comprueban.
A la vez, Obama declaró que el derribo
del avión en Ucrania fue “un acto atroz”. Nadie recordó que Luis Posada
Carriles, ex agente de la CIA acusado de ser el autor intelectual de
hacer estallar un vuelo de Cubana de Aviación en 1976 en el que
perecieron 78 civiles, sigue viviendo abierta y cómodamente en Miami, en
los hechos, albergado por el gobierno estadunidense. Tampoco nadie
recordó el vuelo 655 de Irán Air, avión de pasajeros civil que volaba
entre Teherán y Dubai, en espacio aéreo iraní, que fue derribado por un
misil lanzado de un buque de guerra de la marina de Estados Unidos en
1988, accidente en el cual fallecieron 290 civiles, 66 niños incluidos.
El gobierno estadunidense informó que sus militares cometieron un error
al identificar el Airbus como un caza iraní, a pesar de que emitía
señales identificándose como avión civil. Washington nunca ofreció
disculpas a Irán, y no usó la palabra “atroz” para describir esos dos
incidentes.
Por otro lado, mientras se sigue
reportando que drones estadunidenses artillados continúan sus misiones
antiterroristas asesinando sospechosos en varios países del mundo, pocos
se fijaron que Mary Anne Grady Flores, abuela activista contra la
guerra, fue sentenciada a un año de prisión por participar en protestas
pacíficas en una base militar aquí, desde donde se manejan los drones a
control remoto. Ella declaró ante el tribunal que eso era una
“perversión de la justicia” y que quienes están cometiendo los delitos
de matar inocentes en otras partes del mundo no son responsabilizados de
esos crímenes, pero sí son criminalizados por quienes se oponen.
Afirmó: “Sí tengo remordimiento, remordimiento de mi país, por continuar
propagando la violencia y la injusticia”.
No es que no haya brotes de protestas
contra las políticas bélicas, económicas, sociales, antimigrantes y
agresiones contra pueblos en diversos puntos de este país. Todos los
días hay denuncias, resistencia y disidencia. Pero por ahora, en esta
coyuntura, después de la última semana de noticias inaguantables, en las
que Estados Unidos es participante directo o indirecto, lo más notable
es la ausencia de una reacción más amplia y masiva.
Dicen que estamos “más conectados” que
nunca, más informados que nunca. Que a pesar de que la población, aquí y
en todo el mundo, es más espiada y observada que nunca, aún existe la
llamada libertad de expresión. Pero por el momento, caminando por
Washington Square, la sensación es que estamos más desconectados, menos
informados y menos expresivos que nunca. ¿O será que en las notas de
jazz, en el libro de Ulises, detrás del disfraz de los bikinis, en el
ritmo de las percusiones y en el tablero de ajedrez se está preparando
una respuesta que transformará este país? Tal vez Garibaldi resucitará
para convocar a todos a defender sus sueños y principios otra vez más.
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