Concierto en El Mejunje, una de las instituciones culturalres más influyentes en la ciudad de Santa Clara.
Ángel Freddy Pérez Cabrera
Ramón Silverio, el director del proyecto cultural El Mejunje,
ya perdió la cuenta del número de personas que recibe a diario en la
institución, a donde llegan cada día cientos de visitantes de todas
partes del mundo atraídos por la magia del lugar.
Por muchísimas razones, la mayoría de quienes allí asisten quieren conocer e intercambiar
con el creador de la maravillosa idea, unos para felicitarlo y otros
con el objetivo de indagar acerca de las características del propósito
cultural.
En esos contactos, Silverio ha debido
aprender a distinguir entre los que van allí para recrearse o pasar un
buen rato, y aquellos que vienen imbuidos de malsanos propósitos, como
ocurrió con el costarricense Fernando Murillo,
quien trató de valerse del director de El Mejunje y los muchachos que
integraban el proyecto de música alternativa Revolución, para dañar
nuestro sistema social.
Hay un viejo refrán que dice que más sabe
el diablo por viejo que por diablo, recuerda Silverio, quien rememora
con extrema nitidez las numerosas propuestas y ofrecimientos que realizó
Fernando Murillo a los integrantes del proyecto, aprovechando para ello
las carencias que presentaba el grupo en materia de computadoras,
cámara de video y otros equipos necesarios para el buen funcionamiento
de la agrupación.
Aquello me daba mala espina, dice el
Premio Nacional de Cultura Comunitaria, quien al ver tantas promesas y
tan pocos aportes, comprendió que estaba en presencia de un farsante,
ante cuya sospecha convocó a los integrantes del elenco, entre ellos
Carlos Fernández y Manuel Barbosa, alertándolos para que se separaran de
aquella gente extraña. Y así lo hicieron, refiere Ramón.
El propio reportaje de la agencia
Associated Press (AP) reconoce la sorpresa de los miembros del proyecto
Revolución y de otros jóvenes cubanos contactados cuando descubrieron la
mano de Estados Unidos detrás de los “inocentes” proyectos culturales y
humanitarios.
Ramón añade que, antes de marcharse de
Cuba, Fernando Murillo fue personalmente a su casa para quejarse del
comportamiento de los muchachos, a quienes consideraba unos
“malagradecidos” por no confiar en quien tanto los había ayudado.
Ahora que se conocen los verdaderos
propósitos de los agentes contratados por la USAID para subvertir el
orden en Cuba, el director de El Mejunje siente una gran indignación, y
la satisfacción de no haber confiado en aquellas personas que trataron
de impedir que la cultura continuara siendo escudo y espada de la nación
cubana. (Tomado de Granma)
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